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ECOLOGÍA HUMANA: Agroquímicos y alternativas sustentables (3a parte)

 

Agroquímicos y alternativas sustentables

Amado Ríos Valdez                                                                 

TERCERA Y ULTIMA PARTE

¿En qué momento se nos ocurrió a los humanos que era buena idea agregarle veneno a nuestros alimentos? Esta inquietante pregunta recorre el trascendental libro de Rachel Carson de 1962 “Silent Spring” (La Primavera silenciosa).
Como hemos documentado en las dos anteriores entregas de Ecología Humana, la producción agropecuaria tecnificada, la revolución verde y los monocultivos industriales de los últimos 70 años han sido la principal causa del envenenamiento de suelos, ríos, lagos, esteros, aire y significativamente, de los alimentos que bajo su impulso se producen. En la misma medida se han incrementado varias enfermedades propiciadas por los plaguicidas y fertilizantes, especialmente el cáncer.
En 1962 Rachel Carson advirtió en su libro de esos peligros y la comunidad científica, los productores, las organizaciones civiles y los organismos gubernamentales, comenzaron a buscar alternativas que pudieran dar solución al gran reto de la humanidad: dotar de alimento y agua potable a una población en crecimiento exponencial. El reto ahora es mayúsculo en este siglo 21, ¿cómo alimentar y proveer de agua sanos a más de 7 mil millones de habitantes?
Desde luego que no deberíamos seguir produciendo nuestros alimentos con veneno, esto es elemental, básico. Además el reto es cómo producir más que hace 50 años, libres de agroquímicos contaminantes y en una cantidad de producción mucho mayor, tal que pueda satisfacer la demanda de alimentos de los 7 mil millones que somos hoy y los 10 mil millones de seres humanos que seremos en el 2050, y sin que esto implique un mayor deterioro de la biodiversidad y los ecosistemas del planeta, esto es, brindando alternativas sustentables en el largo plazo.
Existen diversas alternativas que se engloban en lo que se conoce como agroecología. En principio el manejo biológico y natural de plagas y enfermedades de las plantas se ha investigado desde los laboratorios de las universidades y se ha recuperado el conocimiento tradicional de campesinos y comunidades indígenas. Las comunidades indígenas, tradicionalmente aisladas, han tenido que desarrollar a lo largo de varias generaciones, las estrategias naturales del combate de plagas al tener la necesidad de producir sus alimentos sin acceso a los paquetes tecnológicos y los agroquímicos.
Señala la investigadora Helda Morales en su artículo “Plaguicidas: una amenaza para la salud, la biodiversIdad y los servicios ambientales”, publicado en el libro “La Biodiversidad en Chiapas. Estudio de estado”. Tomo 1 (CONABIO, Gobierno de Chiapas, 2013): “En el campo, aunque los agricultores tradicionales de Chiapas utilizan algunos insecticidas botánicos para el manejo de las plagas, los mayores esfuerzos que realizan van dedicados a su prevención al manejar la parcela y sus alrededores para desviar o disminuir su ataque y aumentar la actividad de los enemigos naturales de las mismas. Entre las plantas que utilizan los productores de la región para repeler o eliminar a los insectos que atacan a sus cultivos y sus granos almacenados está el mumu o hierba santa (Piper auritum), la chilca (Senecio salignus), el epazote (Chenopodium ambrosioides), la ruda (Ruta sp.), el chile (Capsicum anuum) y el tomate verde (Physalis sp.). Entre las prácticas preventivas que se utilizan para evitar el ataque de plagas en los cultivos destacan: 1) el manejo de la fertilidad del suelo con enmiendas orgánicas, como estiércol animal, abonos verdes y cenizas; 2) el manejo de los árboles para atraer a las aves e insectos que depredan a los insectos herbívoros, y 3) la utilización de policultivos para desviar o confundir a los insectos herbívoros de sus plantas hospederas y atraer a los insectos que se alimentan de ellos. Para el manejo de malezas, tradicionalmente en Chiapas se han utilizado cultivos de cobertura (como frijol, café, frijol y calabaza), que además de impedir el crecimiento de malezas, pueden contribuir a la fertilización del suelo.”
Un ejemplo clásico de esta nueva cultura de producción sustentable es la agricultura orgánica, la cual se basa principalmente en una buena nutrición de la planta. Al utilizar enmiendas orgánicas, como el estiércol animal, compostas y abonos verdes, los cultivos son capaces de defenderse del ataque de plagas. Además, la agricultura orgánica basa su manejo de plagas en los policultivos como la vieja técnica de sembrar maíz, frijol y calabaza intercalados en tiempo y en espacio, y que previene el ataque de plagas, evitando así la aplicación de plaguicidas. Entre las prácticas que ya se utilizan exitosamente en México y otras partes del mundo se encuentran el uso de coberturas y la labranza cero. La agricultura orgánica está creciendo exponencialmente en México en general y en Chiapas en lo particular.
La producción orgánica he tenido un crecimiento exponencial en México y cada vez más impulsados por la demanda del mercado y escasamente por el convencimiento de los productores. A este creciente mercado y su dinámica se le ha dado un marco normativo expresado en la Ley de Productos Orgánicos (2006), la cual contempla entre otras disposiciones, promover y regular los requisitos para la conversión, producción, procesamiento, elaboración, preparación, acondicionamiento, almacenamiento, identificación, empaque, etiquetado, distribución, transporte, comercialización, verificación y certificación de productos producidos orgánicamente. Adicionalmente también se publicó su Reglamento (2010).
El ejemplo más importante es el café orgánico, del cual México es el principal productor del mundo. De acuerdo con información de la Universidad Autónoma Chapingo (CIESTAAM, 2006), el café orgánico en México se cultiva ya en una superficie de 147,137 ha, que representan 51% de toda la superficie cultivada con el sistema orgánico en el país, y el estado de Chiapas ocupa 42.2% de toda la superficie orgánica del país. El café orgánico ofrece un precio superior que en promedio es cuando menos 10% por arriba del precio convencional. Es más, mucho del café orgánico se comercializa a través de programas de comercio justo, lo que le añade por lo menos 3% al precio. El café es el quinto cultivo en términos de área sembrada y representa 17.7% de los ingresos por exportaciones agrícolas. La cosecha de café genera unos 500,000 empleos y hay cerca de tres millones de personas empleadas en actividades relacionadas con la producción, el procesamiento o la venta de café.
Adicionalmente los cafetales con producción orgánica bajo sombra, contienen una riqueza comparable con la de las selvas y bosques tropicales. Los pocos estudios sobre la diversidad de organismos en cafetales resaltan la importancia de los sistemas agrícolas diversos en el mantenimiento de la biodiversidad de organismos asociados. En general, la diversidad y composición de fauna se relaciona con la composición y estructura arbórea.
El ejemplo de la producción orgánica de café, en la que México ocupa un lugar muy destacado a nivel mundial, muestra tanto la importancia que cobra la agricultura orgánica y las formas sustentables de producción de alimentos, como la creciente demanda de los consumidores de una clase de productos libres del veneno de los agroquímicos, especialmente de los plaguicidas. La producción orgánica también ha brindado oportunidades de crecimiento a las comunidades indígenas y rurales en la oferta de diversos productos orgánicos como el cacao, la miel, diversos frutos como mango, guayaba, limón, aguacate, manzana, plátano, y otros de consumo convencional como maíz, frijol, nopal, etc.
Además la producción orgánica no se restringe a los productos vegetales, también se produce en México carne de res y borrego orgánicamente y otros productos no comestibles como algodón orgánico ( para producir ropa, accesorios de cama, etc.)
Podemos señalar que la llamada revolución orgánica es una alternativa económicamente viable, socialmente justa y ambientalmente responsable.

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