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Ecología Humana: Las áreas verdes urbanas

 

Ecología Humana

Las áreas verdes urbanas

Amado Ríos Valdez                                                             

Somos cada vez más urbanitas, seres citadinos, rodeados de concreto, asfalto, edificios, calles, autos.

En el Informe “Perspectivas de la población mundial” de la ONU en 2014, este organismo internacional señala que la población mundial que habitaba en ambientes citadinos en el 2014 era de 54% y la perspectiva para el año 2050 era de 66%. En la misma medida, la población rural disminuye.

La concentración de personas en poco espacio también implica la multiplicación de demanda de recursos como agua, alimentos, transporte, servicios (luz, drenaje), mayor producción de residuos (basura), etc., al adoptar en su enorme mayoría un modelo consumista y sin responsabilidad con el entorno ecológico.
En México se sigue la misma dinámica. En el año 1900 en las ciudades habitaban 1.4 millones de habitantes, lo que representaba el 10.4% de la población del país, en el año 2000 habitaban 66.6 millones de personas en territorio urbano, lo que representaba el 63.3% del total nacional y para el año 2010 el INEGI contabilizó 78% de la población del país viviendo en un entorno urbano, es decir, casi 94 millones de personas. Los números agobian, pasamos de 1.4 millones a 94 millones de habitantes urbanos en poco más de 100 años.
Además del crecimiento vertiginoso de la población urbana, hay que considerar la densidad, pues mientras en estados como Chihuahua la densidad es de 14 habitantes por kilometro2, en la Ciudad de México habitan ¡5,967 personas por kilómetro2!, esto es, que a cada habitante de la Ciudad de México le toca un espacio vital de 167 metros2.

La dinámica de migración del campo a la ciudad se debe entre otros factores a las dificultades de la vida rural, la aspiración de las nuevas generaciones a una vida diferente a la de sus antecesores, a la mayor oferta de empleo y oportunidades en las ciudades, así como a la mayor accesibilidad a los servicios básicos como agua, drenaje, alimentos, etc.
Este fenómeno, que como ya se vio es mundial y no exclusivo de nuestra sociedad, ha derivado también en una desvinculación y una desvalorización, si no es que hasta ignorancia plena, de las nuevas generaciones citadinas de los recursos naturales, los bosques, los árboles, la fauna, el agua. Vemos con particular interés y suspicacia, que existen hoy en día paseos turísticos para niños urbanos a comunidades o ranchos para que conozcan de dónde proviene la leche que toman y los huevos, verduras, frutas y la carne que los alimenta.

Y es peor aún, con dificultad las generaciones actuales pueden reconocer los patrones de estrellas y astros en el cielo nocturno, que fueron durante siglos la guía para definir épocas de siembras y de cosechas o para guiar a navegantes y exploradores.
La falta de valorización e interés en la relación ciudad-medio ambiente, ha repercutido en que sus áreas verdes, bosques, parques y jardines tengan escasa relevancia en la planificación del desarrollo urbano. El arbolado urbano ha sido visto en la planificación urbana mayormente como un elemento estético o con criterios meramente decorativos, desdeñando brutalmente sus innumerables beneficios ambientales, sociales, económicos y hasta políticos.
El arbolado urbano reporta innumerables beneficios a la población urbana: como convivencia social, las áreas verdes son un soporte en el esparcimiento y la recreación, pues constituyen espacios privilegiados en la reproducción cultural y el reforzamiento de la identidad de barrios y colonias; la presencia de vegetación, particularmente arbórea, es factor de alta calidad de vida en las ciudades, ya que los espacios se convierten en lugares placenteros para vivir, trabajar o pasar el tiempo libre; sin dejar de mencionar el aspecto estético, el cual permite que el sistema sensorial se relaje y se infundan nuevas energías frente al estrés que implica la ciudad. Son los sitios por excelencia para la convivencia y el esparcimiento. Además de ello, son un factor fundamental para regular el clima en las ciudades y evitar el fenómeno conocido como “islas de calor” (espacios urbanos en los que la temperatura es mayor); combatir las consecuencias de la contaminación ambiental, reducir el ruido y valorizar económicamente los entornos urbanos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció la recomendación de que en toda zona urbana debería existir, al menos, una superficie de nueve metros cuadrados de áreas verdes por habitante, que correspondía, según su criterio, al mínimo exigible para una razonable urbanización. Otros organismos destacan la importancia de que éstas se encuentren a una distancia no mayor a quince minutos a pie de los hogares y recomiendan que la población participe de manera activa en los planes de asignación y diseño de sus áreas verdes. Como consecuencia de ello, algunas de las grandes ciudades del mundo dictaron normativas al respecto: el Plan Regional de Nueva York postuló once metros cuadrados de espacios verdes por persona; el London County Plan calculaba dieciséis metros cuadrados, y el Plan de Extensión de París, una superficie de 17 metros2 por habitante.
En el año 2003, nos tocó personalmente coordinar y dirigir el primer “Inventario de áreas verdes del Distrito Federal” (hoy Ciudad de México) junto al Colegio de Posgraduados de la Universidad Autónoma de Chapingo. En ese estudio se concluyó que la cobertura vegetal de la superficie de la CDMX es de 20% y esto equivalía a 15 metros2 por habitante, claro que este resultado incluía toda superficie con pastos, arbustos o árboles. Si se reduce el análisis a superficies con árboles el promedio baja de 15 a 8 metros2 por habitante. Incluso el estudio arrojó datos de que había una fuerte distribución “clasista” del arbolado urbano, pues las zonas más desfavorecidas eran, y aun lo son, Iztapalapa, Iztacalco y Magdalena Contreras.
En todo el país los árboles urbanos que están en un camellón, banqueta, rotonda, parque, jardín o bosque tienen la presión de la carencia de mantenimiento, las reforestaciones sin planeación, plantando toda clase de especies “de moda” sin considerar la idoneidad y las especies locales, sin incorporar criterios científicos y técnicos para la selección de especies, distancias, distribución, época de plantación; sin conocer las características fenotípicas de la especie plantada, el ancho de su copa, la profundidad y extensión de sus raíces, sus requerimientos de agua y suelo.
Los árboles urbanos propician mejores condiciones de convivencia, alivian el estrés, brindan sombra y protección, belleza estética y valor económico. Sin embargo en las ciudades cohabitan inevitablemente con cableado aéreo, banquetas estrechas, postes, bardas perimetrales, anuncios espectaculares, camellones minúsculos, y no se toman en cuenta estas condiciones para plantar árboles urbanos ignorando un principio básico de la arboricultura urbana que es “plantar el árbol adecuado en el sitio adecuado”. Esta falta de visión propicia que ante cualquier dificultad sea el árbol el sacrificado, ya sea con podas hechas sin el menor conocimiento técnico o derribos sentenciando a muerte a quien menos culpa tiene.
Las áreas verdes urbanas son un tema trascendente tomando en cuenta que la mayoría de la población nacional es urbana y que su crecimiento será mayor (por ejemplo en Chiapas al día de hoy la población urbana es minoritaria, 49%, pero representa ni más ni menos que a 2.5 millones de personas, y se prevé que la población urbana alcanzará el 60% en 1930), por lo que es fundamental que los gobiernos de los estados y sobre todo los municipios, que son a los que les compete el arbolado urbano, destinen áreas específicas, recursos financieros, capacitación técnica, equipamiento especializado y planificación de largo plazo. Para ello deben contribuir los Congresos locales dotando de valor e interés público a los planes urbanos de largo plazo, la asignación de recursos y el impulso normativo que motive a las autoridades municipales y estatales a revalorar las áreas verdes urbanas para alcanzar en un futuro entornos citadinos saludables, habitables y disfrutables.

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